Desde 2024, el Colegio Divisadero de Pinamar implementó una política clara: los estudiantes deben dejar sus celulares guardados en cajas o placares con llave apenas ingresan a la institución. Solo pueden utilizarlos en el segundo recreo, durante el almuerzo o en alguna clase en la que el docente lo considere necesario para fines pedagógicos. La medida surgió tras observar que los recreos se habían convertido en espacios de silencio, con chicos sentados uno al lado del otro pero absortos en sus pantallas.
La decisión no fue sencilla. En un primer momento, la escuela intentó que los alumnos se autorregularan, pero la experiencia mostró que la mayoría no lograba limitar el uso de los dispositivos. “No estamos en contra de la tecnología; lo que buscamos es que su uso tenga un sentido”, señaló Arigoni, quien además es una de las dueñas de la institución.
La resistencia inicial de los estudiantes fue evidente. Muchos se quejaron de la medida y expresaron que se sentían “desconectados” de sus amigos y de lo que ocurría fuera del colegio. Sin embargo, con el paso de los meses, los docentes comenzaron a notar un cambio positivo: los recreos recuperaron el bullicio, las charlas y los juegos tradicionales.
Los padres también fueron parte del debate. Algunos apoyaron la iniciativa, convencidos de que los celulares distraían y generaban aislamiento. Otros, en cambio, manifestaron preocupación por no poder comunicarse con sus hijos en cualquier momento. La escuela respondió habilitando espacios y horarios específicos para el uso de los dispositivos, buscando un equilibrio entre seguridad y convivencia.
La medida se inscribe en una tendencia más amplia: cada vez más instituciones educativas en Argentina y el mundo buscan limitar el uso de celulares en el aula. El objetivo es mejorar la atención, fomentar la interacción social y reducir la dependencia tecnológica. En Pinamar, el Colegio Divisadero se convirtió en pionero de esta política en el ámbito privado.
Los docentes destacan que la restricción permitió recuperar la dinámica de clase. “Los chicos están más presentes, participan más y se concentran mejor”, explicaron. Además, remarcan que el celular, cuando se utiliza con fines pedagógicos, puede ser una herramienta valiosa, pero que su uso indiscriminado genera dispersión.
La experiencia también abrió un debate sobre el rol de la tecnología en la educación. Mientras algunos sostienen que prohibir los celulares es un retroceso, otros consideran que es una forma de enseñar a los jóvenes a darles un uso responsable. En el Divisadero, la apuesta es clara: no se trata de eliminar la tecnología, sino de darle un sentido.
Hoy, dos años después de la implementación, la escuela asegura que los resultados son positivos. Los recreos volvieron a ser espacios de encuentro y los alumnos, aunque al principio se resistieron, terminaron adaptándose. “Lo que buscamos es que la tecnología esté al servicio del aprendizaje y no que el aprendizaje quede subordinado a la tecnología”, concluyó Arigoni.
En definitiva, la experiencia del Colegio Divisadero muestra que limitar el uso del celular en la escuela puede ser una medida polémica, pero también efectiva para recuperar la esencia de la vida escolar: el diálogo, la interacción y la construcción de vínculos cara a cara.