El Monumental fue, una vez más, el escenario de una contradicción absoluta. Tras el pitazo final del triunfo ante Banfield, la atmósfera cambió en cuestión de segundos. Lo que comenzó como una ceremonia de gratitud eterna hacia el técnico más ganador de la historia del club, terminó en un reclamo ensordecedor hacia quienes visten la camiseta dentro de la cancha.
El refugio en el ídolo
Marcelo Gallardo caminó hacia el túnel por última vez con la mirada cargada de emoción. La ovación fue unánime: "¡Muñeeeco, Muñeeeco!" bajaba de los cuatro costados, en un intento de la gente por retener un tiempo que ya se agotó. El técnico respondió con manos en alto y gestos de agradecimiento, refugiándose en el cariño de un público que lo considera el máximo guardián de la identidad riverplatense.
Sin embargo, el clima cambió drásticamente en cuanto la figura del entrenador desapareció de la vista del público.
La estruendosa silbatina
Una vez que Gallardo ingresó al vestuario, el "paraguas" protector se cerró. Los jugadores, que intentaron saludar a la tribuna tras la victoria, se encontraron con una respuesta gélida y hostil. Una estruendosa silbatina cubrió el estadio, marcando una clara diferencia entre el respeto al conductor y la decepción con los dirigidos.
El triunfo frente al "Taladro" no fue suficiente para calmar las aguas. La hinchada de River aprovechó la escena final para dejar un mensaje claro: el crédito que sobra para Gallardo, se terminó para el plantel. La transición hacia una nueva era comienza así, con el corazón roto por la partida del guía y el dedo acusador apuntando a los protagonistas en el césped.