El 25 de septiembre de 1973, apenas 48 horas después del aplastante triunfo electoral que consagró el regreso de Juan Domingo Perón a la Presidencia de la Nación, un comando operativo de la organización armada Montoneros ejecutó el asesinato de José Ignacio Rucci. El secretario general de la Confederación General del Trabajo (CGT) fue emboscado al salir de una vivienda en el barrio porteño de Flores, recibiendo 23 impactos de bala en un operativo denominado internamente por la conducción guerrillera como “Operación Traviata”, en alusión a las perforaciones de las célebres galletitas de la época.
El magnicidio del líder sindical no constituyó un hecho de violencia aislado, sino un golpe de timón estratégico destinado a condicionar al propio Perón en el inicio de su tercer mandato. Con el cuerpo del dirigente de la UOM sobre la mesa de negociaciones políticas, la cúpula de la organización pretendía forzar una cuota de poder en el nuevo esquema de gobierno y marcarle la cancha a la ortodoxia peronista. Sin embargo, la reacción del General fue de un repudio absoluto, pronunciando la frase histórica tras el velatorio: "Me cortaron las patas", lo que selló la ruptura irrecuperable entre la conducción montonera y el líder del movimiento.
Pese a que durante años la organización armada intentó eludir o matizar la atribución pública del hecho frente a la conmoción social generada, una contundente serie de 24 testimonios de exintegrantes, dirigentes y sobrevivientes del proceso político de los años setenta certificaron sin lugar a dudas la autoría de Montoneros. Declaraciones clave prestadas ante la Justicia, así como confesiones recogidas en investigaciones periodísticas e históricas, reconstruyeron en detalle la planificación del atentado, la identidad de las células intervinientes y los debates internos que desató el ataque dentro de las propias filas revolucionarias.
Entre las pruebas y relatos aportados a la causa judicial impulsada por la familia del sindicalista, destacan los testimonios de exmilitantes que confirmaron que la decisión de liquidar a Rucci fue tomada por la conducción nacional encabezada por Mario Eduardo Firmenich. Diversas fuentes ratificaron que los pertrechos, la inteligencia previa en la calle Avellaneda y el repliegue posterior del grupo operativo estuvieron bajo la supervisión directa de la estructura militar de la organización, que veía en el jefe de la CGT el principal obstáculo para el avance del proyecto socialista.
La "Operación Traviata" representó el punto de inflexión definitivo que precipitó la escalada de violencia política en la Argentina de los años setenta. El crimen de Rucci desencadenó la respuesta inmediata de sectores parapoliciales con la creación y accionar de la Alianza Anticomunista Argentina (Triple A), profundizando una espiral de sangre que derivó en la expulsión de los Montoneros de la Plaza de Mayo en mayo de 1974 y en la posterior clandestinidad absoluta de la fuerza armada.
A más de cinco décadas del fusilamiento del referente sindical, el expediente judicial por el crimen de José Ignacio Rucci continúa siendo un símbolo de las heridas abiertas de la historia reciente argentina. Las evidencias documentales y los testimonios acumulados a lo largo de las décadas permanecen como testimonio irrefutable de un atentado que cambió para siempre la relación entre la juventud maravillada y Perón, marcando el trágico destino del proceso político nacional.