Las primeras pistas sobre la gestación del fenómeno aparecieron a comienzos de año cerca de Micronesia, en el Pacífico occidental, cuando los instrumentos satelitales registraron el surgimiento de una masa de agua cálida denominada onda Kelvin. Estas pulsaciones sumergidas de desplazamiento lento recorren miles de kilómetros transportando calor de oeste a este, actuando como auténticas autopistas bajo la superficie oceánica y marcando el ritmo inicial para la gestación de El Niño.
A medida que estas masas de agua cálida avanzaron hacia el Pacífico oriental y alcanzaron la costa sudamericana, el aire sobre ellas absorbió calor y humedad, provocando alteraciones sustanciales en la presión atmosférica. Este proceso debilitó, e incluso invirtió, la dirección de los vientos alisios tradicionales que suelen soplar desde América hacia Asia, desencadenando una reacción en cadena que aceleró el incremento de la temperatura marítima.
Las observaciones de la flota satelital de la NASA y la misión europea Sentinel-6 detectaron un fenómeno impactante en la estructura del océano. Debido a la expansión térmica de las aguas más calientes, el nivel del mar en el Pacífico ecuatorial oriental registró una elevación de entre 30 y 40 centímetros por encima de lo habitual, mientras que en zonas de Indonesia y el norte de Australia se constataron descensos de hasta 20 centímetros.
En términos de temperatura superficial, las mediciones a través de radiómetros de microondas e infrarrojos arrojaron que la franja del Pacífico oriental ya presenta anomalías de casi 1,7 °C por encima de su promedio histórico de largo plazo. Este sobrecalentamiento abarca millones de kilómetros cuadrados y genera condiciones propicias para la formación de eventos meteorológicos severos y alteraciones en los patrones de lluvia a escala global.
El impacto de este fenómeno trasciende lo estrictamente meteorológico y altera de forma directa los ecosistemas marinos. El aumento del agua cálida en la superficie interrumpe el afloramiento habitual de nutrientes fríos desde las profundidades, lo que ha provocado una notable reducción en la concentración de fitoplancton en el Pacífico ecuatorial, la base fundamental de la red trófica en los océanos.
Para monitorear esta evolución en tiempo real, los científicos combinan los datos de la altimetría de radar satelital con la red de boyas oceánicas de la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica (NOAA), las cuales se sumergen para registrar datos térmicos en distintas profundidades. Esta labor conjunta permite mapear minuciosamente la magnitud de la masa cálida mientras se desplaza a lo largo de las costas del continente americano.
Los especialistas advierten que este calentamiento sostenido en la cuenca del Pacífico continuará alimentando perturbaciones atmosféricas durante los próximos meses. Ante la previsión de que la intensidad de El Niño alcance su punto máximo hacia el cierre del año, las agencias internacionales mantienen la vigilancia sobre la evolución de estas señales oceánicas para anticipar los posibles efectos en el clima mundial.