Las manifestaciones comenzaron tras el colapso del rial, la moneda local, que perdió gran parte de su valor frente al dólar. La crisis económica, agravada por las sanciones de la ONU debido al incumplimiento del acuerdo nuclear y el enriquecimiento de uranio sin controles, generó un descontento generalizado en la población.
La respuesta del régimen fue inmediata: represión violenta, cortes de internet y amenazas de pena de muerte para quienes participen en las protestas. Según Infobae, la escalada dejó más de 648 muertos confirmados en las primeras semanas y más de 2.300 detenidos, cifras que continúan aumentando.
El aislamiento internacional se profundizó con nuevas sanciones económicas que afectan directamente a las importaciones de alimentos, medicamentos y combustibles. Esto provocó un colapso en la vida cotidiana, con escasez de productos básicos y un aumento exponencial de la inflación.
En las calles, la protesta se transformó en un cuestionamiento directo al liderazgo del ayatolá Alí Jamenei. France 24 reportó que manifestantes quemaron fotos del líder supremo y exigieron un cambio de régimen, en un gesto que refleja el nivel de hartazgo social.
La crisis iraní abre interrogantes sobre la estabilidad regional y el futuro del país. Con un sistema político cerrado y una economía devastada, los analistas advierten que el desenlace podría ser un punto de inflexión histórico para la República Islámica, con consecuencias que trascienden sus fronteras.