El alivio duró poco en las oficinas del Ministerio de Economía. El dato de inflación de marzo, publicado este 14 de abril por el INDEC, arrojó un 3,4%, una cifra que no solo supera el 2,9% registrado en febrero, sino que se convierte en la marca más alta de los últimos doce meses. Para la administración de Javier Milei, este número representa un "tropezón" en su narrativa de desinflación continua, marcando un punto de inflexión donde los precios dejaron de desacelerar para estabilizarse en un escalón que el bolsillo ciudadano empieza a resentir con renovada fuerza.
El análisis hacia adentro del Palacio de Hacienda atribuye este repunte a un "shock" externo y estacional. El ministro Luis Caputo ya había anticipado que el índice perforaría la barrera de los tres puntos debido al impacto de los combustibles —atados a la volatilidad del petróleo por el conflicto en Medio Oriente— y al peso de los rubros regulados, como la educación y las tarifas de servicios públicos. Sin embargo, la preocupación oficial radica en que la inflación núcleo se resiste a bajar, lo que sugiere que la inercia de precios sigue instalada a pesar de la ortodoxia monetaria y el férreo control del gasto.
Políticamente, el escenario se ha vuelto pantanoso. Según estudios de consultoras como ARESCO, la inflación ha regresado al "podio de las angustias", escalando al segundo puesto entre las preocupaciones de los argentinos, solo por detrás de la falta de empleo. Este retorno es un golpe simbólico para un gobierno que ha cimentado su capital político en la promesa de "aniquilar la inflación". El malestar se palpa en el consumo masivo: rubros sensibles como alimentos y bebidas mantienen subas constantes en carnes y lácteos, erosionando el poder adquisitivo que el Ejecutivo intentaba recomponer.
El propio Presidente ha tenido que salir a dar explicaciones, ajustando el cronograma de sus promesas. En recientes declaraciones, Milei postergó la llegada a una inflación cercana a cero para agosto de 2026, citando teorías sobre los rezagos de la política monetaria que pueden extenderse hasta 26 meses. Este "estiramiento" de los plazos busca ganar tiempo ante una opinión pública que, si bien aún acompaña en parte el ajuste fiscal, empieza a mostrar signos de agotamiento frente a las góndolas y la suba de la indigencia, que hoy requiere más de $658.000 para una familia tipo.
En las provincias, el panorama es incluso más heterogéneo y preocupante. Mientras que en la Patagonia el índice se mantuvo por debajo del promedio nacional, regiones como el Noreste (4,1%) y el Noroeste (4,0%) exhibieron números que perforaron cualquier techo previsto. Esta disparidad regional alimenta el reclamo de los gobernadores, quienes ven cómo el encarecimiento logístico y energético castiga con mayor dureza a las zonas alejadas del puerto, complicando la paz social y las negociaciones paritarias locales.
Desde la vereda de los analistas, consultoras liberales como Libertad y Progreso y los participantes del REM del Banco Central advierten que, si bien se espera una moderación gradual para mayo y junio, el camino será más sinuoso de lo previsto. El consenso de mercado ya proyecta una inflación anual cercana al 29% para el cierre de 2026, lo que implica que el Gobierno difícilmente logre el "dígito anual" antes de concluir su mandato. Esta realidad técnica choca con el discurso triunfalista que el oficialismo supo mantener durante los meses de calma estival.
Finalmente, el desafío para el Gobierno en las próximas semanas será doble: contener la presión sobre los precios regulados sin descuidar el equilibrio fiscal, y evitar que el descontento social por el costo de vida se traduzca en una caída irreversible de su imagen positiva. Con la inflación nuevamente en el centro de la escena, el "dogma" libertario enfrenta su prueba de fuego más difícil: demostrar que el sacrificio del ajuste tiene un final a la vista, antes de que la paciencia de los consumidores llegue a su límite.