El presidente Javier Milei sorprendió esta semana con un discurso moderado y cargado de promesas sociales. En cadena nacional, presentó el Presupuesto 2026 con aumentos por encima de la inflación en áreas sensibles: 5% en jubilaciones, 17% en salud, 8% en educación y 5% en pensiones por discapacidad. Además, anunció una partida de 4,8 billones de pesos para universidades nacionales. El tono fue distinto: sin insultos, sin descalificaciones, y con guiños a gobernadores y legisladores.
El giro no es casual. La derrota del 7 de septiembre en la provincia de Buenos Aires dejó al oficialismo en estado de alerta. El desgaste del ajuste, la caída del consumo y el malestar social obligaron a revisar la estrategia. En paralelo, el Congreso se prepara para rechazar los vetos presidenciales a leyes de financiamiento universitario y emergencia pediátrica. Milei necesitaba recuperar iniciativa política y evitar una fractura con sus aliados legislativos.
El nuevo discurso también responde a presiones internas. Desde el gabinete, figuras como Sandra Pettovello venían reclamando una moderación del ajuste y una señal hacia los sectores más golpeados. En la previa del anuncio, se reunió la mesa bonaerense liderada por Karina Milei, donde se trazó un diagnóstico de la derrota y se acordó instalar el mensaje de que “el esfuerzo vale la pena”. El resultado fue un discurso que busca empatizar con una sociedad agotada por el ajuste.
Aunque Milei ratificó el orden fiscal como “principio no negociable”, el presupuesto presentado intenta combinar superávit con sensibilidad social. El Presidente reconoció que “muchos aún no perciben en su realidad material” los logros de su gestión y repitió que “lo peor ya pasó”. La frase, usada sin éxito por Mauricio Macri en su momento, busca ahora instalar una narrativa de recuperación y alivio.
El volantazo discursivo abre interrogantes: ¿es un cambio táctico o el inicio de una nueva etapa? ¿Podrá Milei sostener el equilibrio fiscal mientras promete aumentos en áreas clave? Lo cierto es que, en plena campaña hacia octubre, el Presidente apuesta a seducir al electorado con una versión más empática de sí mismo. Y en ese intento, lanza su propio “plan platita”, aunque sin renunciar —al menos por ahora— a su dogma económico.