Durante la calurosa noche del 2 de enero de 1939, una tormenta feroz se desató sobre la Ciudad de Buenos Aires. Mientras los relámpagos iluminaban el recién inaugurado Obelisco y las calles del centro porteño se anegaban bajo una cortina de agua, en un altillo del barrio de Balvanera un hombre apagaba con parsimonia una pequeña caja de madera llena de cables, válvulas y diales metálicos. Se trataba de Juan Baigorri Velar, un ingeniero geofísico entrerriano que acababa de cumplir con una promesa insólita: hacer llover sobre la Capital Federal para taparle la boca a las autoridades meteorológicas de la época.
La historia del "Júpiter porteño" había comenzado años antes de manera accidental en los campos del interior del país. Formado en la Universidad de Milán y dedicado a la prospección de minerales y petróleo mediante ondas electromagnéticas, Baigorri notó durante un ensayo de campo en la Pampa Húmeda un fenómeno recurrente que llamó poderosamente su atención. Cada vez que encendía su aparato de exploración de suelos, se producían ligeras lloviznas en la zona inmediata, incluso en días completamente soleados y con el cielo despejado.
Intrigado por esa reacción física inesperada, el profesional entrerriano dedicó casi una década a estudiar el comportamiento de la atmósfera y las cargas eléctricas del aire. Encerrado en su taller, perfeccionó en absoluto secreto un prototipo compacto capaz de enviar descargas de baja frecuencia a la atmósfera para alterar la carga iónica de las nubes y acelerar la condensación del vapor de agua en minutos. El dispositivo era tan pequeño que podía transportarse fácilmente en un portafolios de mano, ocultando en su interior un complejo entramado de circuitos y materiales secretos.
El salto a la fama pública ocurrió a fines de 1938, cuando el territorio nacional atravesaba una de las sequías más severas y prolongadas de las que se tuviera registro en la historia agrícola. Sensibilizado por la emergencia agropecuaria que destruía los cultivos en el norte argentino, Baigorri viajó a la provincia de Santiago del Estero con su artefacto embalado cuidadosamente como equipaje de mano. La expectativa en la zona era enorme, mientras los productores locales miraban con desesperación el suelo resquebrajado por la falta absoluta de humedad.
Tras instalarse en una estancia devastada por la crisis hídrica y poner a operar su máquina durante apenas 55 horas seguidas, una copiosa precipitación de más de 60 milímetros cayó de forma ininterrumpida sobre el suelo santiagueño. El suceso fue registrado con asombro por los diarios locales y provocó la estupefacción generalizada de los pobladores de la zona. Los campesinos y autoridades municipales, que vieron cómo se salvaban sus cosechas a último momento, aclamaron al ingeniero como a un verdadero taumaturgo de la ciencia moderna.
Sin embargo, el hito logrado en el norte argentino fue recibido con absoluto escepticismo por el Director del Servicio Meteorológico Nacional, el ingeniero Eduardo Bradley. El funcionario tildó a Baigorri de "charlatán de feria" frente a la prensa y declaró públicamente que el episodio norteño había sido una mera coincidencia climática aprovechada por el inventor. Lejos de amedrentarse, el geofísico redobló la apuesta y lanzó un desafío mediático inolvidable: prometió hacer llover sobre la mismísima Ciudad de Buenos Aires el 3 de enero de 1939, enviándole a Bradley un par de paraguas de regalo junto a una nota irónica que decía: "Para que los use este fin de semana".
El 31 de diciembre de 1938, Baigorri se encerró con su "máquina de hacer llover" en el altillo de su vivienda ubicada en la esquina de San Juan y Pasco, en pleno barrio de Balvanera. Afuera, periodistas, fotógrafos y cientos de vecinos curiosos hacían vigilia en la vereda bajo un calor sofocante. El 2 de enero por la tarde, con el cielo porteño completamente claro, el ingeniero ajustó los últimos diales de su caja de madera. A las pocas horas, grandes nubes negras comenzaron a amontonarse desde el Río de la Plata y un verdadero diluvio torrencial golpeó la capital antes de medianoche, alcanzando su pico máximo en las primeras horas del 3 de enero.
A pesar de las insistentes ofertas económicas recibidas por parte de firmas extranjeras y del propio gobierno de los Estados Unidos para adquirir la patente, Baigorri Velar se negó sistemáticamente a comercializar su dispositivo, argumentando que la tecnología debía permanecer bajo la órbita del Estado argentino para beneficio exclusivo del campo nacional. Con el paso de las décadas, el inventor fue cayendo en el olvido oficial y se llevó el secreto de su mecanismo a la tumba cuando falleció en 1972. Hoy en día, la "máquina de hacer llover" continúa siendo uno de los enigmas científicos e históricos más deslumbrantes y debatidos de la cultura popular argentina.