El 26 de diciembre de 1985, la primatóloga estadounidense Dian Fossey fue encontrada sin vida en su cabaña del Centro de Investigación Karisoke, en las montañas de Virunga, Ruanda. Su cuerpo yacía rodeado de un charco de sangre seca, con el
El 26 de diciembre de 1985, el cuerpo de Dian Fossey fue encontrado en su cabaña del Centro de Investigación Karisoke, en las montañas de Virunga, Ruanda. Llevaba varios días muerta y estaba rodeada de un charco de sangre seca. Su cráneo y su rostro habían sido partidos en dos por un machetazo limpio, un detalle que marcó la brutalidad del crimen.
Fossey había llegado a África en 1967, inspirada por Louis Leakey, y fundó el centro Karisoke para estudiar a los gorilas de montaña. Su trabajo científico desmitificó la idea de que eran animales violentos y los mostró como criaturas sociales y sensibles. Gracias a sus investigaciones, se convirtió en una de las primatólogas más reconocidas del mundo.
Su defensa férrea de los gorilas la enfrentó con intereses poderosos. Fossey destruyó trampas, denunció cazadores furtivos y acusó a sectores políticos y policiales de complicidad en el tráfico de animales. Esa postura radical le ganó enemigos en Ruanda y en el mundo del turismo y la caza.
Tras su asesinato, las autoridades locales intentaron presentar un “chivo expiatorio” como responsable. Sin embargo, con el tiempo surgieron hipótesis de una conspiración que habría involucrado a las más altas autoridades ruandesas, interesadas en silenciarla por sus denuncias incómodas.
El crimen nunca fue esclarecido. Algunos sostienen que Fossey fue víctima de una venganza de cazadores furtivos, mientras otros apuntan a sectores políticos que buscaban eliminarla. Lo cierto es que su muerte dejó un vacío enorme en la defensa de los gorilas de montaña, cuya población estaba al borde de la extinción en los años ochenta.
El legado de Fossey trascendió su trágico final. Su libro “Gorilas en la niebla” y la película homónima de 1988, protagonizada por Sigourney Weaver, llevaron su historia al gran público y la convirtieron en símbolo mundial de la lucha por la conservación.
Hoy, los gorilas de montaña han logrado una recuperación parcial gracias a programas de protección inspirados en su trabajo. Sin embargo, el misterio de su asesinato sigue abierto y continúa alimentando teorías sobre la violencia política y la corrupción en Ruanda durante aquella época.
El caso Fossey es recordado no solo como un crimen sin resolver, sino como un ejemplo de cómo la defensa de la naturaleza puede chocar con intereses económicos y políticos. Su figura permanece como ícono de resistencia y compromiso, y su historia aún interpela a quienes luchan por la conservación en contextos hostiles.