18 de Abril de 2026
Historias de Viernes / 27-02-2026

La Gran Guerra del Emú: el día que el Ejército Australiano capituló ante un "pelotón" de plumas





En 1932, el Gobierno de Australia desplegó tropas y ametralladoras pesadas para exterminar a 20.000 emúes que asolaban las cosechas de trigo. Tras un mes de combates fallidos, el ejército se retiró humillado, dejando a las aves como las únicas vencedoras de este conflicto surrealista.

La historia comenzó en los campos de Australia Occidental, en plena Gran Depresión. Unos 20.000 emúes, aves gigantes de casi dos metros de altura, migraron hacia el interior buscando agua y comida, encontrando un paraíso inesperado: los campos de trigo de los colonos. Lo que para las aves era un banquete, para los granjeros —muchos de ellos veteranos de la Primera Guerra Mundial— era la ruina total. Desesperados, en lugar de acudir al Ministerio de Agricultura, recurrieron al de Defensa, pidiendo el despliegue de ametralladoras para frenar la "invasión".

El entonces ministro de Defensa, Sir George Pearce, vio en la operación una oportunidad de propaganda y entrenamiento. Bajo el mando del Mayor G.P.W. Meredith, de la Real Artillería Australiana, se envió a un pelotón equipado con dos ametralladoras Lewis y 10.000 rondas de munición. La misión parecía sencilla: con semejante poder de fuego, la victoria humana se daba por descontada. Sin embargo, el 2 de noviembre de 1932, cuando se efectuaron los primeros disparos, el ejército descubrió que su enemigo no era un blanco fácil.

Los emúes demostraron una inteligencia táctica que desconcertó a los militares. Lejos de agruparse, las aves se dividieron en pequeñas unidades de "guerrilla". Cada grupo tenía un líder —un macho de gran tamaño y plumas negras— que permanecía atento mientras los demás comían. Ante el primer movimiento de los soldados, el líder emitía un aviso y la manada se dispersaba en todas direcciones a 50 km/h, haciendo que las pesadas ametralladoras fueran inútiles debido a su limitado ángulo de tiro.

Uno de los momentos más absurdos ocurrió cerca de una represa, donde los soldados emboscaron a un grupo de 1.000 aves. Esperaron a que estuvieran a corta distancia para abrir fuego, pero después de unas pocas ráfagas, el arma se encasquilló. Los emúes, ilesos, se retiraron tranquilamente. La frustración del Mayor Meredith crecía al ver que, incluso cuando lograban impactar a algún ave, estas seguían corriendo. "Pueden enfrentar ametralladoras con la invulnerabilidad de los tanques", declaró el oficial, asombrado por la resistencia física de los animales.

Para intentar ganar ventaja, los soldados montaron una de las ametralladoras en la caja de un camión, buscando igualar la velocidad de las aves. El resultado fue un desastre: el terreno irregular impedía apuntar y la vibración del vehículo hacía imposible disparar con precisión. Mientras el camión saltaba por el campo, los emúes simplemente se desviaban hacia zonas donde el vehículo no podía entrar, dejando a los artilleros disparando al aire en una escena digna de una comedia muda.

La prensa de la época no tardó en bautizar el conflicto como "The Emu War" (La Guerra del Emú) y se burló despiadadamente del despliegue militar. Los titulares ridiculizaban a un ejército profesional que no podía derrotar a un pájaro que ni siquiera volaba. En el Parlamento, la oposición preguntaba irónicamente si los soldados recibirían medallas por este "combate", mientras que grupos conservacionistas en Londres protestaban por la crueldad de la operación, calificándola de "exterminio de aves".

Finalmente, el 10 de diciembre de 1932, el Mayor Meredith recibió la orden de retirada definitiva. El informe oficial fue demoledor: se habían gastado casi 10.000 proyectiles para confirmar menos de 1.000 bajas enemigas. El costo por ave muerta era ridículamente alto y el impacto en la población total de 20.000 emúes era insignificante. Las tropas regresaron a sus cuarteles con las manos vacías, mientras los emúes continuaban picoteando el trigo como si nada hubiera pasado.

Décadas después, el emú fue incluido con honores en el escudo nacional de Australia, irónicamente junto al canguro, como símbolo de un animal que solo sabe caminar hacia adelante. La "Guerra del Emú" quedó para la posteridad no solo como una anécdota bizarra, sino como una lección histórica sobre la soberbia humana y la sorprendente resiliencia de la naturaleza cuando se la intenta someter por la fuerza bruta.

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