La historia de las estafas y los delirios suele terminar en la cárcel o el olvido, pero el caso de Joshua Abraham Norton es la excepción más romántica de la historia moderna. Norton era un inmigrante inglés que llegó a San Francisco a mediados del siglo XIX con 40.000 dólares en el bolsillo, una fortuna para la época. Sin embargo, tras un pésimo negocio intentando monopolizar el mercado del arroz, quedó en la ruina absoluta. Desapareció de la vida pública durante meses, hasta que el 17 de septiembre de 1859, volvió a aparecer con un anuncio que cambiaría la ciudad para siempre.
Ese día, Norton entró en la redacción del diario San Francisco Bulletin con un manifiesto bajo el brazo. En el texto, declaraba que, ante el caos político y la corrupción de los tribunales, se proclamaba a sí mismo como "Norton I, Emperador de los Estados Unidos". Lo que en cualquier otra ciudad hubiera terminado con un hombre en el manicomio, en la San Francisco de la "Fiebre del Oro" —llena de excéntricos y soñadores— se convirtió en el inicio de un mito. Los editores, con mucho sentido del humor, publicaron el anuncio en la primera página.
A partir de ese momento, Norton empezó a patrullar las calles de la ciudad con un uniforme militar azul con charreteras doradas que le habían regalado unos oficiales del ejército local. Llevaba un sable de gala en la cintura y un sombrero con una pluma de pavo real. Su figura se volvió parte del paisaje cotidiano; inspeccionaba el estado de las veredas, el funcionamiento de los tranvías y la puntualidad de los trenes. Si algo no le gustaba, emitía un "decreto imperial" para corregirlo.
Lo más asombroso fue la respuesta de los ciudadanos. Los restaurantes más lujosos de San Francisco le reservaban una mesa "imperial" y ponían una placa en la puerta que decía: "Por cita del Emperador Norton I". Los teatros le guardaban la mejor butaca para los estrenos y, cuando Norton entraba a un lugar, la gente se ponía de pie por respeto. No era una burla cruel; era una especie de pacto tácito donde la ciudad decidió que el mundo era mejor con un emperador que sin él.
Incluso el sistema financiero se adaptó a su delirio. Norton imprimía sus propios billetes: "Certificados de Deuda de la Capitanía Imperial". Eran papeles simples, pero los bancos locales y los comercios los aceptaban como moneda de curso legal por pequeñas denominaciones (generalmente 50 centavos). Hoy, esos billetes son piezas de colección carísimas, pero en aquel entonces servían para que el monarca pagara su alojamiento y su comida, manteniendo viva la economía de su imperio imaginario.
Norton no era un loco inofensivo en el sentido intelectual; sus decretos eran extrañamente proféticos. En 1872, emitió una orden imperial exigiendo que se construyera un puente colgante que uniera San Francisco con Oakland. En ese momento lo trataron de delirante, pero décadas después se construyó el actual Bay Bridge casi exactamente donde él lo había pedido. También "disolvió" el Congreso de los Estados Unidos en varias ocasiones por "actos de corrupción", un sentimiento que muchos ciudadanos compartían secretamente.
Hubo un momento de tensión cuando un policía novato, queriendo hacerse el eficiente, arrestó a Norton para enviarlo a una institución mental. La reacción popular fue tan violenta y las críticas en los diarios tan feroces que el jefe de policía tuvo que liberar al Emperador de inmediato y pedirle disculpas públicas. Desde ese día, cada vez que Norton se cruzaba con un policía en la calle, el oficial debía hacerle el saludo militar de rigor.
En 1870, Norton decidió ampliar sus dominios y agregó a su título el cargo de "Protector de México", argumentando que los mexicanos necesitaban una guía clara tras los conflictos internos del país. Aunque nunca pisó suelo mexicano, firmaba sus proclamas internacionales con una seriedad que asustaba. Se escribía cartas con la Reina Victoria de Inglaterra e incluso con el Rey de Prusia, quienes —según los rumores de la época— le respondían por pura cortesía diplomática.
El final de su reinado llegó una noche de lluvia en enero de 1880. Norton colapsó en una esquina de la ciudad mientras se dirigía a una charla científica. Cuando la policía revisó sus pertenencias en la morgue, solo encontraron unos pocos centavos, una colección de bastones y las cartas falsas de los monarcas europeos. El diario San Francisco Chronicle publicó un obituario con un titular que dio la vuelta al mundo: "Le Roi est Mort" (El Rey ha muerto).
El entierro fue el evento social más grande de la década. Más de 30.000 personas, desde los empresarios más ricos hasta los mendigos de los muelles, formaron una procesión de tres kilómetros para despedirlo. Joshua Norton no tuvo tierras, ni ejército, ni poder real, pero fue el único hombre en la historia que logró gobernar una ciudad entera basándose exclusivamente en el carisma de su locura y la generosidad de un pueblo que prefirió un rey de fantasía antes que una realidad aburrida.