El sol de verano caía con plomo sobre las calles empedradas de Estrasburgo cuando Frau Troffea salió de su casa y, sin música ni motivo aparente, comenzó a bailar. No era un baile de celebración, sino un movimiento compulsivo, frenético y silencioso. Lo que los testigos presenciaron ese día no fue el inicio de una festividad, sino el paciente cero de uno de los fenómenos más perturbadores y documentados de la historia moderna: la Epidemia de Baile de 1518.
Durante seis días enteros, Troffea no se detuvo. Sus pies sangraban y su rostro reflejaba un agotamiento inhumano, pero sus músculos se negaban a obedecer a la razón. Para el final de la semana, la mujer ya no estaba sola; otras 34 personas se habían unido a su danza macabra. El pánico comenzó a filtrarse entre las grietas de la ciudad, mientras los ciudadanos observaban cómo sus vecinos se retorcían en una coreografía involuntaria que desafiaba cualquier lógica médica de la época.
Al cabo de un mes, la cifra de "bailarines" ascendía a 400 personas. Las crónicas de la época, que incluyen notas de médicos, sermones de la catedral y registros del consejo municipal, describen escenas dantescas: hombres y mujeres colapsando por ataques cardíacos, derrames cerebrales y puro agotamiento físico, solo para intentar levantarse y seguir saltando en cuanto recuperaban el aliento. La ciudad se había convertido en un hospital de locos a cielo abierto.
Las autoridades, desconcertadas, consultaron a los médicos locales. En lugar de atribuirlo a causas sobrenaturales —algo común en el siglo XVI—, los facultativos diagnosticaron una "enfermedad natural" causada por la "sangre caliente". Según la teoría de los humores de Galeno, el cerebro de estas personas estaba literalmente ardiendo, y el cuerpo necesitaba expulsar ese calor mediante el movimiento. La ciencia de la época dictó una sentencia que hoy nos parece una broma macabra: para curarse, debían bailar día y noche.
Llevados por esta lógica errónea, los gobernantes de Estrasburgo decidieron facilitar el "tratamiento". Lejos de confinar a los enfermos, abrieron dos mercados de granos y construyeron un escenario de madera en el centro de la ciudad. Pero no se detuvieron ahí; convencidos de que el ritmo constante ayudaría a purgar la sangre, contrataron músicos y flautistas para que mantuvieran el tempo, e incluso pagaron a hombres fuertes para que sostuvieran a los bailarines cuando estos estaban a punto de caer.
El resultado fue una masacre coreografiada. Al proporcionar música y un espacio público, las autoridades solo lograron que la histeria se propagara con mayor rapidez. El ruido de los tambores y las flautas, sumado al espectáculo visual de cientos de personas convulsionando, creó un efecto de retroalimentación psicológica. En el pico de la epidemia, se registraba que hasta 15 personas morían cada día bajo el inclemente sol de julio, con los zapatos destrozados y los huesos de los pies expuestos.
Finalmente, al ver que el remedio era peor que la enfermedad, el consejo municipal prohibió todo tipo de música y baile en público. Los afectados fueron subidos a carretas y trasladados al santuario de San Vito, en una cueva cercana en la ciudad de Saverne. Allí, se les colocaron zuecos rojos y se les obligó a caminar alrededor de una efigie del santo, mientras los sacerdotes realizaban exorcismos y misas para calmar la supuesta ira divina.
Curiosamente, la fe funcionó donde la "ciencia" falló. Tras las plegarias y el aislamiento, el brote comenzó a remitir. La explicación moderna para este suceso se divide hoy entre dos teorías: el ergotismo (intoxicación por un hongo del centeno que causa alucinaciones y espasmos, similar al efecto del LSD) y la psicosis colectiva. Esta última es la más aceptada, sugiriendo que el estrés extremo de la hambruna y las plagas de aquel año detonaron una respuesta psicológica masiva en una población profundamente supersticiosa.
El caso de Estrasburgo no fue el único, pero sí el mejor documentado gracias a la obsesión de la ciudad por el orden administrativo. Nos deja una lección inquietante sobre la fragilidad de la mente humana y la capacidad de la histeria para devorar a una sociedad entera. El archivo histórico aún conserva las facturas pagadas a los músicos que, sin saberlo, tocaron la banda sonora de un funeral colectivo.
Hoy, las calles de Estrasburgo son famosas por su belleza medieval y su calma, pero en los cimientos de su historia resuena todavía el eco de aquellos miles de pies que, hace más de 500 años, no pudieron dejar de golpear el suelo hasta que el corazón se les detuvo. Una "Historia de Viernes" que nos recuerda que, a veces, la realidad supera a la ficción más surrealista.